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martes, 30 de junio de 2009

El viejo baúl del desván: desenlace

Cada segundo de vida en el que usaba esos objetos se arañaba mi mente y se desprendía un trozo de mí. Al deshacerme de ellos y tocar la madera, tuve una visión que abarcó siglos, centenares de vidas, mares de sensaciones...

Cada alma que entraba en contacto con aquella maldita caja, vertía sus miserias en ella y tomaba aquellas virtudes que mas anhelaba... Durante ese recuerdo colectivo, pude ver como todos nos fundíamos en el deseo de ser perfectos al meter la mano en el oscuro abismo del baúl... luego, comencé a perder la consciencia de esas vidas, las fui perdiendo, como pierde la imagen una cámara que al desenfocar nos da una visión borrosa, pero antes del fundido final desperté.

Desperté justo en el instante en el que dejaba de ser yo mismo, en el instante en el que el baúl devoraba todo lo que soy y significo y me convertía en un autómata... Pues al desprenderme de todo aquello que me llevaba a errar, también me desprendía de mi humanidad... y al tomar cada cualidad que me conducía a obrar de forma perfecta, me alejaba un paso de todo lo que soy. Ese torrente de corrección, me convertía en un muñeco vacío que obraba por acción de las circunstancias, y lo mas importante, carente de aquello que me convierte en aún mas perfecto de lo que fui... mi capacidad de amar.

Pues ¿qué es una caricia dada en el momento oportuno si no se da con amor? ¿Qué significa un abrazo vacío, mientras se mira a la nada y se siente aún menos? Qué importa correr hacia la meta si no es mi corazón quién empuja a mis piernas, sino una bomba que se preocupa de avanzar, adelantar... llegar al fin del camino, sin dejarme comprender que lo importante es el recorrido. Y eso es lo que me hizo volver, la añoranza de mis heridas... el reconfortante tacto de las cicatrices que cubren mi ser, el pálido pero crudo recuerdo del dolor...

Mientras ardían en la hoguera los restos de aquel objeto, una lágrima cruzó la sonrisa que aparecío en mi semblante, permitiendome aprender que este mundo no es mas que una tensión entre contrarios... la vida, que también es morir poco a poco... un trago dulce y amargo a la vez, pero un trago que no deseo que nadie tome por mí.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El viejo baúl del desván: El vacío


No recuerdo ya cuándo comenzó esta historia, este monótono e involuntario ir y venir cargando con penas y dolores ajenos.

Desde que descubrí aquel baúl en el olvidado desván de una vieja casa heredada no consigo reconocer mi propia vida, mi propia persona. Sí.. mucha gente ha recobrado esperanza, mucha gente que perdió el norte encontró en mí una brújula. Encontró una brújula. En mi... ¿En mí?

Abandonándome, a merced de mi propia memoria, fui viendo el transcurso de los últimos días...

La mirada de gratitud... ancianos ojos que junto a mí, se alegraban de tener algo más que fotos donde posar su mirada. El cariñoso gesto de unas manos, que al apoyarse en mí, celebraban encontrar algo mas que cartones a quien regalar sus caricias... O la simple voz consolada, del normal rostro cercano, que al fin es escuchada... comprendida...


Y en cada momento, en cada instante que repasaba, sentía que algo fallaba.


Decidido, fui hacia el desván una vez más y me senté frente al baúl. El simple hecho de abrirlo y contemplar su interior ya era una casi irresistible tentación a coger un objeto y llevármelo. Dejé que pasara esa primera ola impulsiva, y me sumergí en mi fuerte determinación... Poco a poco comencé a vaciar aquél baúl, hasta que quedó vacío. Era sorprendente la cantidad de cosas que había en él... casi ni siquiera pódía entender como habían cabido todas. Pero lo más sorprendente de todo es que en el ajado fondo había una inscripción... que era mi nombre.

Tardé varios minutos en recuperarme del golpe mental. ¿Casualidad? Los ateos afirman que es el nombre que le pone la gente no versada en estadística a los sucesos que tienen poca probabilidad de ocurrir, pero ocurren. Los creyentes, llaman así al modo que tiene su Dios de hacer que ocurran las cosas... En realidad todo eso era simplemente un monólogo que me recitaba para calmarme y pensar en una explicación lógica que no encontraba.

De repente tuve un flash...comencé a despojarme de los objetos que había tomado; las gafas, el colgante, un reloj que me había ayudado a ser más calculador... la sensación que me embargó al instante me hizo comprender la magnitud de mi error... y de mi acierto... La pregunta que flotaba ahora en mi mente era, ¿seré capaz de superarlo?


...continuará...







martes, 29 de julio de 2008

El viejo baúl del desván: El colgante.

Desde aquel encuentro fortuito con esas extrañas gafas no he descansado...Cada paseo por la calle, cada trayecto al trabajo o cada simple encuentro fortuito con un vecino o conocido convierte mi interior en una dramática sucesión de sensaciones que me conectan con aquel al que miro.




Son tantos sentimientos percibidos en estos últimos días, tantas experiencias de vida las que pasan por mi ser que me siento superado no por el mundo completo, sino por cada pequeño rincón que lo forma.




¿Qué hacer ante la tribulación ajena si ni tan siquiera sé qué hacer a veces con la mía? Cada día el peso de todas estas emociones me arruga un poco más... me hace ensimismarme y pensar constantemente... ¿Qué hacer? No puedo seguir viviendo con esta capacidad de ver que hay detrás de la máscara corpórea de cada ser humano... pero tampoco puedo abandonar ese don y marchar con la conciencia en paz.




Agitado con estos pensamientos, casi mecánicamente bajo las escaleras y llego al sótano. Casi antes de entrar, ya presiento la existencia de ese objeto inanimado... Entre el apulgarado aroma a objeto abandonado, llega también ese aroma a madera vieja mezclado con el de terciopelo gastado... no puedo evitar acercarme y abrir su chirriante tapa.




No consigo recordar el momento en el que introducí la mano y saqué el objeto... pero lo cierto es que de repente me encontré subiendo las escaleras con un colgante en la mano. La brillante piedra ovalada lanzaba destellos esmeralda parcialmente amortiguados por el raído cordel que la sostenía... Y con cada brillo un deseo golpeando en mi mente... colgarmelo...


Quizás fue el hecho de salir de aquel lugar oscuro que me pone nervioso, o que pensar un rato las cosas me calma, pero el hecho era que tenía las cosas claras, sabía perfectamente lo que debía hacer...




Paso tras paso, mientras salía de casa, e iba al encuentro de las personas que había observado últimamente, las palabras que debía decir... los actos que debía de hacer simplemente fueron apareciendo en mi mente... Sabía cuando debía acercarme a alguien para darle unas simples palabras de consuelo, o cuando sencillamente solo debia estar ahí en silencio, acompañando, escuchando. Sabía cuando alguien necesitaba de veras un cafe, y cómo hacer para mejorar socialmente la vida de alguien...


Desde que mis ojos se abren con el primer rayo de luz que atraviesa las cortinas hasta que reposo mecido por el canto de los grillos, hay una misteriosa fuerza que mueve mis pies, agita mis manos, habla por mi boca... un torrente de energía que circula por mis vías nerviosas y conduce cada impulso eléctrico para conseguir la acción correcta... Parece como cosa de magia, un paso hacia la perfección. Pensé que bastaría simplemente con saber lo que el otro siente para poder arreglar un poco este mundo gris, pero ahora que sé qué hacer en cada momento... mis posibilidades parece no tener límite...

lunes, 9 de junio de 2008

El viejo baúl del desván: Las gafas.

En el oscuro desván del sótano, arumbado en un escondido rincón, hay un apolillado baúl cuyo crujido al abrirse ya es misterioso. Es un típico baúl de polvorienta madera tachonada con remates de metal oxidado.


El rojo terciopelo que antes tapizaba llamativamente su interior, hoy se deja ver discretamente en aquellas partes en las que el uso y el tiempo han firmado un pacto de no agresión contra el material...

Jamás me había detenido a observarlo tan detalladamente, pero hoy ha llamado poderosamente mi atención. Bajo su superficie, adornada por un mapa de cicatrices adquiridos en decenas de viajes, hay viejos objetos que siempre parecieron carentes de valor. Inertes, sí, pero hoy no sé porque, parece que más que estar inanimados, paralizados por falta de vida... parecen quietos, expectantes, simplemente aguardando el momento de ser utilizados.

Casi encima del todo, unas antiguas gafas, aunque de diseño bastante discreto para los canones de la moda actual, despiden destellos dorados al recibir la tenue luz de la estancia. En el lateral de la patilla derecha hay tres letras grabadas...(S.E.H). Parecen siglas... una búsqueda rápida me revela que podrían pertenecer a Sofronius Eusebius Hieronymus, uno de los posibles inventores de las gafas... Rápidamente las tomo, y me dirigo al anticuario mas cércano para comprobar si tienen algun valor económico.

Camino al establecimiento, veo las caras de indiferencia de la gente, oígo el cláxon de los coches y las enfurecidas voces de conductores que discuten constantemente. La ciudad es continuo bullir de grises emociones... adolescentes que miran con caras amenazantes y visten de forma intimidatoria, vagabundos que se emborrachan entre cajas de cartón... De veras es un lugar gris.

El letrero de cerrado por vacaciones me saca de mi ensimismamiento, un viaje en vano. Saco el móvil y llamo a un amigo historiador, quizás el sepa algo sobre las gafas o conozca a algun especialista en el tema. Alarmado me dice que ni se me ocurra deshacerme de ellas, ¨¡Podrían tener un valor incalculable!, si es por dinero yo te pago mas de lo que te de cualquier anticuario! Tráemelas cuando te sea posible¨.

A todo esto... ya despierta mi curiosidad por el tema y dispuesto a probar la tecnología de hace 17 siglos, me pongo las gafas a ver que tal me sientan. En realidad no tengo defectos de visión, pero, noto como a medida que pasa el tiempo mi realidad va cambiando poco a poco, los edificios no se mueven, la carretera sigue ahí, los árboles... pero todo adquiere una nueva dimensión difícil de explicar. De vuelta a casa, las escenas que había contemplado toman un cáriz diferente... Veo a la gente que grita, como almas inquietas y nerviosas, preocupadas por el ahora y por el mañana y no como impacientes idiotas que alteran el silencio. Los amenazantes jóvenes me llegan a través de los cristales como niños faltos de amor que confundidos pierden el rumbo en el mar de la sociedad. EL sucio vagabundo, es un pobre hombre que no sabe como tender la mano, y harto de que se la pisaran tomó la botella, unica boca que le besa, se arropa en cartones, unicos brazos que le mecen... Una lágrima choca contra la acera, y otra resbala por mi mejilla siguiendo el camino de la anterior. Al quitarme las gafas, vuelvo a mi triste mundo, al que me hacía sentir desprecio en vez... en vez de amor, y un pensamiento me invade sin que yo le hubiera abierto la puerta.

Realmente era miope, ciertamente estaba ciego, pues el mundo que veía en nada tiene que ver con el que acabo de descubrir. Estas palabras como un atronador eco que resuena en mi cerebro me acompañaron de vuelta a casa junto a esas increíbles gafas... Necesito reflexionar sobre lo que ha pasado, e investigar... ¿Quié fue el primer dueño de esas gafas? ¿Y del baúl? ...



....Continuará....